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¿Mejorar? Todavía se puede mejorar

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Si usted tiene una edad, amigo lector, probablemente recuerde un anuncio de televisión de Repsol de hace unos años en el que aparecía Carlos Sainz cuando corría con Ford en el mundial de rallyes. El Matador entrenaba en un tramo frente la cámara, y en cada pasada que hacía se detenía junto a sus mecánicos y les decía “Se puede mejorar. ¡Todavía se puede mejorar!”, lo que provocaba el hastío de sus asistentes técnicos por la obsesión enfermiza del piloto con la búsqueda de la perfección. El creador de aquel story-board merecía un premio, que jamás supe si obtuvo o no pese a que el sport era sensacional. Pero el caso es que por medio del mismo quedaba muy claro cual era el método de trabajo del piloto madrileño: trabajar, trabajar y trabajar sin descanso.

Cuando Sainz aterrizo en el mundial de rallyes se encontró con una generación de pilotos que basaba su éxito en el talento innato; su habilidad al volante era consecuencia de haber forjado su estilo de conducción en las heladas carreteras del norte de Europa.

Con Sainz llegó una nueva forma de hacer las cosas, que obviamente atesoraba una calidad incuestionable como piloto a la que sumaba una capacidad de trabajo superlativa y una preparación física extraordinaria que contrastaba con la de una pléyade de conductores más dados a “la barra fija” que al gimnasio.

Carlos Sainz | © AP Photo - Kamran Jebreili
Carlos Sainz | © AP Photo – Kamran Jebreili

Aquello definió un cambio de ritmo, el paso a una pantalla distinta en la que para triunfar no solo hacía falta talento como conductor, sino también otras virtudes.

En la F1 pasó lo mismo, y de la ralea de los pilotos británicos se pasó a la explosividad de los latinoamericanos, para añadirse al compendio de ambas virtudes una indudable tecnificación de la preparación que aportó Alonso, entre otros.

Este relato también nos describe que hay dos velocidades, dos tempos distintos para hacer las cosas. Unos pilotos explotan a la primera de cambio, demostrando su condición innata desde el minuto uno (como Max Verstappen) y otros necesitan algo más de tiempo para hacer aflorar su potencial.

Este sería el caso, por ejemplo, de Carlos Sainz. 150 Grandes Premios le han costado al español conseguir sus primeras pole y victoria en F1, que llegaron el pasado fin de semana en Silverstone.

La historia y las estadísticas nos enseñan que, cuando se produce este bautismo de gloria, los siguientes éxitos que empiezan a florecer en el palmarés de los triunfadores suelen brotar con una cadencia más rápida y con mayor asiduidad.

El pasado fin de semana Sainz, el piloto de Ferrari, dejó de ser Carlitos, Carletes, o Jr. E incluso “el hijo de”. Sainz ya es, por mérito propio, Don Carlos.

Esta semana se corre en Cerdeña una doble cita de la Extreme-E, certamen en el que Carlos Sainz Cenamor -el bicampeón mundial- participa junto a Laia Sanz con el coche del equipo Acciona. Me hace mucha gracia ver como en los gráficos de la carrera, en las listas de tiempos y en toda la documentación nuestro piloto consta como Carlos Sainz “Sénior”. No se si lo habrá pedido él (no me extrañaría), pero la aparición de este “Sr.” conlleva el desvanecimiento del “Jr.” en la denominación de su hijo, que se ha ganado el reconocimiento generalizado por méritos propios.

No voy a valorar los titulares de la prensa británica, que dijeron que en Silverstone había triunfado “el ganador equivocado”, como crítica a la estrategia de Ferrari con Leclerc. Tampoco entraré en consideraciones sobre si el domingo pasado fue -como dijeron- “el día de las damas de honor, y no el de las novias”. El tiempo responderá por mí.

¿Mejorar? Todavía se puede mejorar. Y si no lo creen, dense un poco más de tiempo. Sólo un poquito, y verán. Ustedes, los ingleses y, sobre todo, Leclerc.


Carlos Sainz Charles Leclerc Ferrari Formula 1

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