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Max, tan bueno como soberbio

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Que para Max Verstappen la obtención de su tercer título consecutivo de campeón del mundo es ya sólo una cuestión de tiempo es algo que nadie puede poner duda.

Que su calidad como piloto está fuera de toda discusión, también.

Pero que una y otra cosa son consecuencia (al menos en parte; en una gran parte, por cierto) de la clarísima superioridad de su coche -el Red Bull RB23- en relación a los competidores, también es un factor comúnmente aceptado por “casi” todos en el paddock.

La excepción al consenso, ese “casi”, lo encontramos precisamente en la actitud del propio piloto, con algunos comentarios y actuaciones un poco “sobradas”. Tanto, como innecesarias. Su excesivo protagonismo parece relegar a un papel secundario -de forma injusta- la trascendente aportación de su magnífico monoplaza a un éxito totalmente irrefutable.

Cuando Verstappen aterrizó en la F1 desde el primer momento dejó constancia de su prometedor potencial. Con el transcurso del tiempo se ha ido haciendo mejor piloto carrera tras carrera. Y, probablemente, también algo más soberbio.

Personalmente no le conocí hasta que llegó a los Grandes Premios. Fue durante el test de pretemporada de 2015, en el Circuit. Me gustó la inteligencia que demostró cuando, al ver como me acogían en el motorhome de su equipo y la cercanía evidente que yo tenía con el entorno de su compañero -Carlos Sainz-, se levantó y extendiéndome la mano se presentó con un afable “Hola, soy Max Verstappen, piloto de Toro Rosso”.

Aquella forma de saludarme me recordó el idéntico proceder de Neymar Júnior cuando, en un acto promocional del FC Barcelona con una marca de automóviles que iba a presentar yo en el Auditori 1899 del Camp Nou, el futbolista viendo mi amistad con Manel Arroyo -entonces vicepresidente del club, y el hombre que le había traído del Santos brasileño- hizo conmigo exactamente lo mismo que Verstappen haría dos años más tarde.

Está claro que, con el paso del tiempo y la llegada de los éxitos, la personalidad de los dos deportistas se ha ido “complicando”, por definir de una forma amable su transición hacia la aspereza.

Verstappen puede igualar este domingo en su casa el record de nueve victorias consecutivas de Sebastian Vettel ahora hace diez años… también con un Red Bull. Para él este es otro de los objetivos de este año, además de superar el total de 15 GP en una misma campaña que obtuvo el año pasado. Incluso hay quien apuesta por la opción que nadie pueda ganar ninguna de las carreras que quedan, diez, a no ser que sea al volante del coche de Milton Keynes.

Max me recuerda en muchas cosas a Gilles Villeneuve, incluso a Ronnie Peterson o a James Hunt. Pero me sobran chulerías como “si queréis entro una tercera vez para que aprovechéis mi liderato para mejorar los pit-stops”, como soltó a falta de dos vueltas en Spa en una clara falta de respeto a todos sus rivales (y también a sus mecánicos), pese a que luego quiso maquillarla como una supuesta broma.

Por eso gustó tanto que su ingeniero de pista Gianpiero Lambiase le parase los pies a través de la radio diciéndole “deberías entrenarte tú, pero a usar un poco más la cabeza”.

El pique venía del día anterior, cuando ambos tuvieron una enganchada que terminó con un desagradable “me importa una mierda si entro en la Q3 pero lo hago décimo” a lo que GP replicó con una respuesta más inteligente y mejor educada.

Ante la escasa oposición que encuentra en la pista, Max se ha instalado en una supuesta invulnerabilidad en un deporte donde si algo no existe es precisamente esto. La historia nos lo recuerda.


Formula 1 Max Verstappen Red Bull

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