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La mutación de los «bad boys» del motor

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Puede que sea un efecto del virus. Tal vez una consecuencia del cambio climático. Acaso una modificación creada por la dieta mediterránea. O un impacto cerebral provocado por Tik-Tok, Netflix, el Festival de Eurovisión o quién sabe qué otra sociedad malandrina.

El caso es que algo está cambiando en el comportamiento de los héroes más punkies del mundo del motor.

“Con lo que está pasando en este momento en todo el mundo, tengo la obligación de sentirme un privilegiado y de ser agradecido con el momento que estoy viviendo”, declaraba Maverick Viñales al programa “Tú diràs” mientras paladeaba el éxito que acaba de conseguir en Qatar; un sabor que hacía demasiados meses que no degustaba.

“¡Yo quiero ser legal!”, exclamaba Max Verstappen a través de la radio de su Red Bull en el tramo final del GP de Bahréin, poco antes de que una victoria que meritaba absolutamente se le escurriera entre los guantes con los que condujo de forma soberbia en la noche de Sakhir.

Viñales está viviendo un gran momento personal. Mantiene una relación estable desde hace ya un cierto tiempo con la que a partir de mayo será la madre de su primer hijo, ha vuelto a recibir la atención de su padre que de nuevo le acompaña en las carreras, se siente el líder de su equipo y parece absolutamente conjurado para materializar el sueño de ser campeón del mundo de MotoGP. Todo ello se tradujo en un pilotaje distinto, diferente al que habíamos visto hasta no hace tanto, con algunas lagunas todavía por mejorar (como la gestión de las salidas), pero tan equilibrado que le permitió cruzar la meta de Losail con una cierta holgura frente a las fulgurantes Ducati y su supersónica velocidad punta en la larga recta del circuito.

El de Roses se instaló durante el invierno en Qatar, comprometido de modo férreo con la misión de preparar las dos primeras carreras del año en este escenario. Y de momento los frutos del empeño están llegando. Queda atrás aquel “Mack” que cuando las cosas no iban bien daba un portazo, desaparecía de los circuitos y dejaba a los equipos plantados, compuestos y sin piloto.

Y también ha quedado atrás aquel Max Verstappen que insultaba al director de carrera por la radio cuando sus decisiones no le gustaban, o que soltaba culebras por la boca cuando en el asfalto sucedía algo antagónico a sus propósitos. La forma cómo gestionó una estrategia equivocada de su equipo, el ritmo con el que fue capaz de percutir el pétreo liderazgo de Hamilton, la manera como acató la orden de los comisarios para devolver la posición ganada de forma poco ortodoxa, y la elegancia con la que encajó el resultado final (y la discutible decisión que lo provocó) al bajar de su coche fueron las mejores credenciales de la serenidad que parece haber alcanzado.

Puede que ahora a lo de Maverick y Max debamos llamarle aquello que antes definíamos como madurez.


Maverick Viñales MotoGP Yamaha

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