La vida puede acabar donde termina el respeto

29-11-2021

“Murieron haciendo lo que más les gustaba”. Odio esta frase. Y no tanto por la buena voluntad de quiénes tanto la han utilizado en los últimos tiempos, como por el inmenso vacío que hay detrás de su significado.

Entiendo que, quiénes la han dicho o escrito, lo han hecho con la mejor intención de definir la pasión de quienes fallecieron desplegando su entusiasmo por lo que aquí nos ocupa: la práctica del motociclismo de velocidad.

Nadie puede discutir los esfuerzos, la dedicación, incluso el amor que por este deporte acreditaron quienes murieron compitiendo.

Pero, honestamente, no conocí ni a Jason Dupasquier (19 años), ni a Hugo Millán (14), ni a Dean Berta Viñales (15). Por ello, no me atrevo a decir que correr era “lo que más les gustaba”, pero sí me veo capaz de proclamar en mayúsculas, a los cuatro vientos, y a voz en grito que seguro, seguro, lo que más les gustaba era VIVIR. Y de esto va la cosa: de la VIDA.

No quiero imaginarme cómo deben estar las familias de todos ellos. Si ustedes son padres ya saben a lo que me refiero; y si han tenido algún hijo/a que haya competido, aún más. Por eso, a través de este hilo invisible de solidaridad y afecto, aunque no conocieran a ninguno de esos chavales personalmente, la fatalidad nos tritura el alma y nos hace añicos el corazón.

Aunque, si de verdad hay una frase que me enerva es “hay que hacer algo urgentemente”, que tanto se ha dicho a raíz de la desgracia que nos ha noqueado como si nos hubieran dado un crochet en la mandíbula, un uppercut en el pómulo, un jab en la ceja, un hook en el mentón.

Esta sentencia es tan hueca como irrespetuosa. ¡Como si hasta el momento nadie hubiera hecho nada por la seguridad; como si los fabricantes de cascos, de monos, de botas, de guantes… no hubieran hecho pruebas hasta la saciedad; como si los creadores de los circuitos no se hubieran estrujado las meninges para hacerlos lo menos peligrosos posible; como si los organizadores de los campeonatos no hubieran trabajado sin descanso para garantizar la salud de sus implicados; como si no hubiera existido la genial creatividad que hizo posible el air-fence, los monos con airbag, los protectores de espalda!

Lo primero que hay que hacer es asumir que este es un deporte peligroso. Es así. Cuando manejamos parámetros como velocidad, peso, inercias, fuerzas G, aceleración, frenada… debemos entender que aquí no mandamos los humanos, sino las leyes de la física. Y contra eso poco podemos hacer porque, en el fondo, desde los efectos del cambio climático hasta las erupciones de los volcanes, el día a día nos demuestra que somos más bien poquita cosa en medio de lo que denominamos VIDA.

O lo dejamos estar, nos quedamos en casa y prohibimos este deporte, como en su día se hizo en Suiza a raíz del terrible accidente de les 24 Horas de Le Mans de 1955 en el que fallecieron ¡84 personas!, o lo asumimos hasta las últimas consecuencias.

Creer que hasta ahora no se ha hecho nada para minimizar el riesgo es, más que un reflejo de ignorancia, una falta de respeto por quiénes no paran de investigar en este campo.

Entiendo perfectamente a Joan Mir -todo un campeón mundial de MotoGP- cuando dijo, en el pit-lane de Austin: “Los pilotos estamos hartos de hacer minutos de silencio”. Y también puedo comprender a quienes criticaron el minuto de silencio que tuvieron que hacer los pilotos en Mugello apenas unos instantes antes de comenzar las carreras, como homenaje a Dupasquier, fallecido el día antes.

Pero hay que hacerlo. Para recordar a quiénes ya no están, claro, pero también para concienciar a quienes continúan de los riesgos que entraña este oficio.

Estoy totalmente de acuerdo con quienes piden un incremento de la edad mínima para competir. En nuestra obsesión por tener campeones lo más jóvenes posible tal vez nos hayamos pasado. Y en nuestra obcecación por glorificar la velocidad, las prestaciones, también.

Siempre he dicho que una de las carreras más divertidas que he tenido oportunidad de vivir son las “24 Horas de ciclomotores de la Vall del Tenes”. Allí vi competir a Vespinos contra Variants, con lo que por mucho que afinaran los magos de la lima en transfers, faldas y lumbreras, ya se pueden imaginar la velocidad a la que podían llegar aquellos bichos. Suficiente para hacerse daño, por otra parte… Y, sin embargo, esa carrera fue (y 41 años de historia después sigue siéndolo), apasionantemente entretenida.

Y también les doy absolutamente toda la razón a quienes proponen un número menor de participantes en las parrillas, máxime cuando sus ocupantes tienen una experiencia relativa, una ambición humanamente comprensible, y unas herramientas a su alcance tan iguales que las diferencias a veces sólo se miden en la dimensión del coraje.

Dejemos de idolatrar los récords de velocidad punta como si fueran tótems sagrados. Dividamos las categorías más numerosas en tandas de libres, de clasificación, en mangas de carrera que, además, nos permitirán dotar de contenido los programas de los sábados y de los domingos por la mañana tras (o antes) las estrellas de Moto2 y MotoGP. Apostemos por depósitos más pequeños (o consumos más controlados) y carreras más largas, donde haya que dosificar la explosividad del ánimo, guardar neumático, y ahorrar gasolina.

Pero, sobretodo, no olvidemos que esto se reduce a una cuestión de RESPETO.

Siempre se dijo que la carretera no es un circuito. Y es cierto, pero a la vez es una falacia, porque la VIDA debería tener el mismo valor tanto en un lugar como en el otro.

Recientemente el RACC presentó el proyecto europeo Pioneers, en el que intervienen más de quince entidades internacionales (entre ellas varias universidades y fabricantes de elementos para garantizar la seguridad pasiva de los usuarios de la moto) que han analizado más de 1.400 accidentes. El estudio concluye que la utilización de elementos como las chaquetas con airbag, los sistemas automatizados de frenada, o los protectores para las piernas permitirían ahorrar en cinco años 140 millones de euros en atención sanitaria, aparte de, lógicamente, muchas vidas.

Entusiasmado por las cifras, le pregunté en rueda de prensa a Pere Navarro, director de la DGT, si no había llegado el momento de plantearse una reducción del IVA en la compra de dispositivos (que no accesorios) como estos, o una rebaja en las pólizas de seguros para quienes hayan realizado cursos de conducción como los que promueven desde el propio RACC, el Servei Català del Trànsit o marcas como Honda a través de su Instituto de Seguridad Vial. Navarro, de nuevo, se tomó la sugerencia a la ligera, riendo y frivolizando ante la propuesta. Lo dicho: cuestión de RESPETO por la VIDA.

¿A ustedes les hacen gracia los motoristas muertos, en circuito o carretera? A mi no. Respeto, por los muertos, pero sobretodo para los que no lo están.